Salí
de la Universidad, después de una plática con los alumnos, y comencé mi
recorrido (caminando, olvidé cambio y no pude tomar camión).
No
llovía pero el cielo comenzó a enfurecer de apoco; gritaba, gemía y daba
indicios –cada vez más- de que soltaría su lluvia. Me resistí a mojarme y
caminé más aprisa; hasta que comenzó a chispear. Estoy enferma –pensé- no
quiero empeorarlo, así que no me mojaré. Ilusamente traté de taparme con mis
carpetas pero llegó un punto en el que fue inevitable detener tanta agua, tanta
gota, tanta lágrima debajo de un cielo gris y malhumorado. Ese cielo que se
desahogaba indignado por el suicidio de México. Tuve qué resignarme y me dejé
acariciar y envolver y abrazar y odiar y amar por ese torrente de agua que irremediablemente me terminaría por
cubrir entera.
México
decidió cometer suicidio y ante esa premisa ni siquiera un “fraude” es más
poderoso. Por eso no hay necesidad de hablar de fraude (es como prenderle fuego
con mala intención a un cuerpo ya muerto, a un cuerpo que se mató a sí mismo) así
que lo más correcto es hablar de vergüenza, porque con esta muerte, los
ojos del país -desde otros mundos
paralelos- se abren y reafirman la ignorancia; y la ignorancia no es sino el
mentor del fraude y de la impunidad y de las mentiras.
Y la
vergüenza fue el reflejo que el espejo de hace seis años me arrojó al culparme
a mí y a quién sabe cuántos millones de ignorantes por haber ejercido en aquel
momento un derecho y una responsabilidad sin tener un mínimo de consciencia de
lo que hacíamos; como si emitir un voto fuese igual que elegir restaurant. Hoy la pena es enorme y el
consuelo no va a llegar en mucho tiempo, pero el resultado que México tuvo este
2012 no es sólo culpa de quienes ejercieron desinformada-mente mal su derecho a
la elección, sino de los que lo hemos hecho igual de mal en el pasado. Hoy no
importa a quién se le otorgue o haya otorgado el voto de confianza, lo que
importa es que ese voto sea pensado, analizado y decidido habiendo conocido
todas las posibilidades. Hoy el problema no es a quién –democráticamente y
todo- elegimos, sino que no lo hemos hecho como se debe y el principal culpable
de eso se llama indiferencia. Por eso frases como “a mí no me interesa la
política” “a mí me da igual todo eso” venidas de gente con poder de emitir un
voto, son la principal arma con la que el país decide quitarse la vida.
Hoy me siento frustrada, ofendida y desesperada porque mi decisión de voto no fue útil ante el resultado final, pero si miro el espejo de hace seis años, cuando mi voto fue útil porque fue uno de los que le dio el gane al candidato, muero de vergüenza y de asco por haberme escuchado decir “a mí no me interesa la política” y haber emitido un voto sin tener idea de lo que sucedía alrededor.
Hoy me siento frustrada, ofendida y desesperada porque mi decisión de voto no fue útil ante el resultado final, pero si miro el espejo de hace seis años, cuando mi voto fue útil porque fue uno de los que le dio el gane al candidato, muero de vergüenza y de asco por haberme escuchado decir “a mí no me interesa la política” y haber emitido un voto sin tener idea de lo que sucedía alrededor.
Por
eso –paradójicamente- mi voto no útil de hoy se convierte en útil para el
futuro, a diferencia de mi voto útil del pasado que hoy me da asco; y fuera del
desgarre que hoy mi corazón siente por ver triunfar a la ignorancia, en el
fondo se alberga una esperanza de que así como yo, que tantas veces pronuncié la frase
de indiferencia en el pasado, hoy no siento sino fuerza e interés, llegará un
día en el que los millones de votos sean útiles en resultado y en espíritu y
entonces la ignorancia y la indiferencia no podrán matar al país y seamos cada uno de nosotros, sin intermediarios ni "ayudas" de ninguna especie, los que logremos decidir y sentirnos orgullosos por haberle entrado a la lucha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario