lunes, 2 de julio de 2012

El cielo sufre el suicidio de México

El cielo esta mañana amaneció gris, pero como yo andaba sin coche, mi deseo era que no lloviese.
Salí de la Universidad, después de una plática con los alumnos, y comencé mi recorrido (caminando, olvidé cambio y no pude tomar camión).

No llovía pero el cielo comenzó a enfurecer de apoco; gritaba, gemía y daba indicios –cada vez más- de que soltaría su lluvia. Me resistí a mojarme y caminé más aprisa; hasta que comenzó a chispear. Estoy enferma –pensé- no quiero empeorarlo, así que no me mojaré. Ilusamente traté de taparme con mis carpetas pero llegó un punto en el que fue inevitable detener tanta agua, tanta gota, tanta lágrima debajo de un cielo gris y malhumorado. Ese cielo que se desahogaba indignado por el suicidio de México. Tuve qué resignarme y me dejé acariciar y envolver y abrazar y odiar y amar por ese torrente de agua  que irremediablemente me terminaría por cubrir entera.

México decidió cometer suicidio y ante esa premisa ni siquiera un “fraude” es más poderoso. Por eso no hay necesidad de hablar de fraude (es como prenderle fuego con mala intención a un cuerpo ya muerto, a un cuerpo que se mató a sí mismo) así que lo más correcto es hablar de vergüenza, porque con esta muerte, los ojos  del país -desde otros mundos paralelos- se abren y reafirman la ignorancia; y la ignorancia no es sino el mentor del fraude y de la impunidad y de las mentiras.

Y la vergüenza fue el reflejo que el espejo de hace seis años me arrojó al culparme a mí y a quién sabe cuántos millones de ignorantes por haber ejercido en aquel momento un derecho y una responsabilidad sin tener un mínimo de consciencia de lo que hacíamos; como si emitir un voto fuese igual que elegir  restaurant. Hoy la pena es enorme y el consuelo no va a llegar en mucho tiempo, pero el resultado que México tuvo este 2012 no es sólo culpa de quienes ejercieron desinformada-mente mal su derecho a la elección, sino de los que lo hemos hecho igual de mal en el pasado. Hoy no importa a quién se le otorgue o haya otorgado el voto de confianza, lo que importa es que ese voto sea pensado, analizado y decidido habiendo conocido todas las posibilidades. Hoy el problema no es a quién –democráticamente y todo- elegimos, sino que no lo hemos hecho como se debe y el principal culpable de eso se llama indiferencia. Por eso frases como “a mí no me interesa la política” “a mí me da igual todo eso” venidas de gente con poder de emitir un voto, son la principal arma con la que el país decide quitarse la vida.

Hoy me siento frustrada, ofendida y desesperada porque mi decisión de voto no fue útil ante el resultado final, pero si miro el espejo de hace seis años, cuando mi voto fue útil porque fue uno de los que le dio el gane al candidato, muero de vergüenza y de asco por haberme escuchado decir “a mí no me interesa la política” y haber emitido un voto sin tener idea de lo que sucedía alrededor.

Por eso –paradójicamente- mi voto no útil de hoy se convierte en útil para el futuro, a diferencia de mi voto útil del pasado que hoy me da asco; y fuera del desgarre que hoy mi corazón siente por ver triunfar a la ignorancia, en el fondo se alberga una esperanza de que así como yo, que tantas veces pronuncié la frase de indiferencia en el pasado, hoy no siento sino fuerza e interés, llegará un día en el que los millones de votos sean útiles en resultado y en espíritu y entonces la ignorancia y la indiferencia no podrán matar al país y seamos cada uno de nosotros, sin intermediarios ni "ayudas" de ninguna especie, los que logremos decidir y sentirnos orgullosos por haberle entrado a la lucha.

No hay comentarios:

Publicar un comentario