El
insomnio se fatiga. Alguna vez fue rey y gobernó esta tierra de recelos;
cantaba un réquiem cada noche y desconocía las causas. Hurgaba en los escombros
del día para rescatar razones que lo comprometieran a existir; como si la
oscuridad fuera su guía, como si las
horas más precisas para no dormir fueran las últimas. Este insomnio es un anciano y se aproxima a
su deceso. Ya fue largo y fuerte, vigoroso y alto; presumía su juventud, se
juraba vitalicio. También fue dictador que defendía con excusas la posibilidad
de aniquilar al sueño vil, inmerecido ante sus ojos terroristas. “¿Por qué
alcanzar descanso? ¿qué ofrece la noche a los ojos cerrados? ¿para qué me
alejan, si el dolor me necesita?” gritaba él cuando confiaba en su fuerza. Ganó
las batallas, siempre, y en contra de cualquier opositor: ovejas, plegarias,
historias encerradas en las páginas de un libro…cansancio desmedido, yerbas de
sanación; todo intento por matarlo se hacía vano, hasta que la angustia desapareció.
Entonces al insomnio le brotaron las arrugas y las canas le pesaron, empezó a
perder batallas en su propio territorio, el sueño ya no se dejó intimidar por
el gran dictador y día tras día llegaba más temprano, sin necesidad de armas
especiales; se fue instalando en la memoria de la pena evaporada y hoy acompaña
al viejo insomnio, con respeto y entereza a esperar que su final aparezca y de
él tan sólo un recuerdo exista.
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