La
Flor está muriendo de inanición, una sola gota de agua podría salvarla de la
desaparición. Caen los pétalos uno a uno y aún el otoño ni siquiera se ha
asomado. Vagabunda se abandona en los
sueños de sumergirse en aquella sutil agua que alguna vez, sin intenciones, le
escupió y cuyo recuerdo de vida no ha podido borrar, pese a sus, ahora, escasos
brazos que le cubren el tallo.
Llora
la Flor, pero llora esferas de polvo que no se derriten para saciar su sed; no
es ella quien puede evitar su propia muerte. Llora y busca un donativo, se
pregunta en dónde estará aquella agua indiferente, esa que puede evitarle la
agonía y escupir de nuevo para darle una minúscula posibilidad de llegar al
otoño y que sea el tiempo el justo encargado de deshojarla. El agua no aparece
y se esconde en la inmensidad de la nada, se arrincona allá en donde tan sólo
deja estela su nombre. El agua no está y la Flor agoniza. Dormita la Flor y
culpa y maldice al agua. Paradójicamente se plantea: “¿Odiar algo tan deseado?
¿maldecir a quien puede salvar? ¿cambiar escupitajos por vida? Pero la Flor no
se conforma y hace un llamado al agua entre sueños. “¿No es acaso tu deber moral ayudar a una
Flor en pena?” – “La Flor no puede culpar al agua por su deseo de ser rociada,
no me hagas responsable por tus fantasías” le dijo el agua entre sueños. Y tuvo
razón, y a la Flor la persigue la posibilidad de morir o de llorar hasta
convertir las esferas de polvo en líquido curador.
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