viernes, 15 de junio de 2012

La Flor y el agua

La Flor está muriendo de inanición, una sola gota de agua podría salvarla de la desaparición. Caen los pétalos uno a uno y aún el otoño ni siquiera se ha asomado.  Vagabunda se abandona en los sueños de sumergirse en aquella sutil agua que alguna vez, sin intenciones, le escupió y cuyo recuerdo de vida no ha podido borrar, pese a sus, ahora,  escasos  brazos que le cubren el tallo.
Llora la Flor, pero llora esferas de polvo que no se derriten para saciar su sed; no es ella quien puede evitar su propia muerte. Llora y busca un donativo, se pregunta en dónde estará aquella agua indiferente, esa que puede evitarle la agonía y escupir de nuevo para darle una minúscula posibilidad de llegar al otoño y que sea el tiempo el justo encargado de deshojarla. El agua no aparece y se esconde en la inmensidad de la nada, se arrincona allá en donde tan sólo deja estela su nombre. El agua no está y la Flor agoniza. Dormita la Flor y culpa y maldice al agua. Paradójicamente se plantea: “¿Odiar algo tan deseado? ¿maldecir a quien puede salvar? ¿cambiar escupitajos por vida? Pero la Flor no se conforma y hace un llamado al agua entre sueños.  “¿No es acaso tu deber moral ayudar a una Flor en pena?” – “La Flor no puede culpar al agua por su deseo de ser rociada, no me hagas responsable por tus fantasías” le dijo el agua entre sueños. Y tuvo razón, y a la Flor la persigue la posibilidad de morir o de llorar hasta convertir las esferas de polvo en líquido curador. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario