Ayer
fue mi tercer encuentro con Ismael en un lapso de cinco años (tiempo suficiente
para que las historias varíen, para que el sentido de las canciones no sea el
mismo) y la magia es que cada vez he ido con la persona adecuada (la persona
adecuada es importante siempre).
Ya
lo conozco en el escenario, ya me sé sus métodos de poeta y revolucionario
estudiado que recita como merolico sus discursos (maravilloso, creativo,
gracioso, líder…pero poco personal con el público) así que fui sin muchas
esperanzas de sentirlo cercano (cuando uno menos espera, más lo sorprende el
destino/la suerte/la casualidad).
Nuevamente
Serrano me logró tocar con su profunda voz de hombre apasionado; jugó sus cartas prestidigitadoras para llevarme,
inevitablemente, a un pasado, que aunque ya no duela, se clava hondo; y me
situó constantemente en un presente que provocaba lo opuesto al dolor (qué
será? gozo?, habrá sido él o la alegría que me baña recientemente?) bella
dicotomía impulsada por su música.
Un
piano fue su único acompañamiento (y no hizo falta más: qué manera de perder al
público en su eterna y gloriosa melodía) y el característico rasgueo de su
guitarra. Tres horas el hombre permaneció parado en el mismo sitio mientras nos
llenaba de historias (eso es lo que es: un poeta y un gran contador de
historias) y todos coreamos y aplaudimos y reímos (aunque era un discurso
memorizado, no dejaba de ser simpático y llegador): versiones nuevas, arreglos
distintos, canciones largas. Dónde estarás?, Vértigo, Vine del norte, La extraña
pareja, Amores imposibles, Últimamente, Papá cuéntame otra vez…a mí me quedó a deber Ana y
Sucede que a veces. Pero a mi acompañante, a esa Ramita Diferente le quedó a
deber la nostalgia y el miedo, y la posibilidad de enfrentarse con su presente
por medio del pasado (Un muerto encierras, ESA tenía que haber llegado para
ella, para nuestra historia juntas).
Tanto
hemos de haber cantado, tantos tatuajes habría en nuestra piel con la tinta de
sus letras que la señora que estaba sentada frente a nosotras nos invitó a buscarla
al final del concierto (son verdaderas fans? Búsquenme para que lo conozcan).
Por supuesto que no le creímos, pero al final del concierto nuestro gen curioso
nos lanzó al panel de Movistar. Y ahí la señora nos reconoció. Nos incluyó en
una lista de 20 personas. Nos tomó una foto delante de la publicidad Movistar.
Nos regaló una edición especial del disco de Ismael. Nos llevó a conocerlo.
(Así de fácil? Esa noche de viernes, sin haberlo si quiera pensado antes,
estaríamos abrazando al creador de nuestras nostalgias?).
Lo
vimos, lo abrazamos, nos tomamos foto con él, nos firmó el disco regalado…me
regañó, y en su regaño y mi empatía ante ello vi el camino interno recorrido. Ay, Ismael,
tú eres el culpable de que esta amistad casi se rompa, tú con tus letras haces
que uno se enamore de los hermanos de las amigas y que las amigas se enfurezcan
hasta casi acabar con la amistad, le dijo Ramita, muy nostálgica. Y cuando supo
que yo era la hermana celosa, vino su regaño. Nos reímos. Mostró una diga y
fiel imagen de poeta/escritor: una sutil coquetería (cachondeo) y una idea de
que al amor hay que dejarlo libre y ser en donde sea, con quien sea y como sea.
Lo abrazamos de nueva cuenta y lo besamos (esa poca esperanza de sentirlo cercano se hizo sorpresiva certeza de comunión) y salimos de las bambalinas del Diana, con un
disco nuevo y firmado, con el recuerdo hecho imagen y con el corazón rebozando
de una alegre melancolía.
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